“—Cuando te la ofrecieron y le despojaron del sagum, la antigua Qart Hadasht enmudeció. El estrépito de caballos, el chasquido de armaduras y los gritos de victoria ya no eran más que el decorado mudo de un fondo en ruinas. Tú te alzaste desconcertado de tu trono dorado, bajaste los tres escalones y, una vez la tuviste arrodillada ante ti, comprobaste que sin duda aquella sería la mayor de tus conquistas.
La examinaste de cerca. A una distancia casi milimétrica veías florecer minúsculos lunares en su tez morena y de su cabello negro brotaba un vacío en el que podías perderte para siempre. Le pediste que se incorporara, mientras acompañabas el mandato con tres de tus dedos sobre su mentón. Antes, esos mismos dedos habían trazado el plan perfecto para tomar la capital cartaginesa. El pulgar había dibujado la línea de la costa por la que entrarían los barcos de Cayo Lelio, el índice rodeó la pequeña franja de tierra emplazada a oriente y, por último, el corazón señaló como un pálpito el elemento clave del ataque, la laguna situada al norte de la ciudad. Pero ahora los tres extremos sujetaban un terreno mucho menor, una suave piel canela formada por una superficie maleable y a penas abrupta, aunque tremendamente delicada e inhóspita. Sin embargo, qué era aquello para alguien como tú, Hispania por fin era tuya y sabías que era cuestión de tiempo que aquella mujer acabara rendida a tus pies.
Volviste sobre tus pasos y todo el peso de tu cuerpo cayó nuevamente sobre la silla. En tus manos agarrabas con delicadeza la copa de vino y, con tus ojos inmóviles sobre su figura, te acercaste el vaso a los labios. Empezaste desde abajo y, por cada centímetro de cuerpo que recorrías con la mirada, dabas un sorbo que parecía eterno, como un brindis perpetuo a la perfección. Cuando llegaste a la altura de su boca te relamiste, sabiendo que habías dejado la mejor parte para el final. En sus ojos esperabas ver triunfo y deseo y no encontraste más que unos párpados cerrados.
De alguna manera que no comprendías, a ti, al gran Publio Cornelio Escipión, vencedor en Qart Hadasht, te habían negado el derecho al Gran Triunfo”.
Cuando mi abuela me contaba esta historia yo siempre le pedía ser Escipión. Y es que sabía que, al llegar a la mitad de la historia, justo cuando su cantarina voz pronunciaba “gran triunfo”, yo entraría a Roma victorioso. Lo haría sobre una escoba, con mi espada de cartón al viento y mientras sentía el peso en mi cabeza de la corona de laurel que mi abuelo había trenzado con pajas. Luego, me arrodillaría frente a Neptuno y le ofrecería aquel laurel mientras que le agradecía haber permitido que mis hombres tomaran la ciudad aquella vez.
Después de aquella escena, mi abuelo tendría sonrisa para toda la tarde. Se bajaría a tomar “el fresco” a la calle y le contaría a sus amigos que “este niño va por toda la casa creyéndose que es un romano, con corona y todo”. Mi abuela, sin embargo, se ponía muy seria, como si la parte que viniera a continuación ya no le gustase tanto. Y, antes de continuar, sentándome en su regazo me decía: “­­Acuérdate que todas las historias tienen que escucharse hasta el final”.
“—El destino de aquella mujer estaba ahora en tu mano, y esta descansaba sobre el pomo de la espada. Deambulabas de un lado para otro mientras la multitud allí congregada permanecía inmóvil. ¿Cómo resolver aquella afrenta? La muerte parecía un exceso, algo propio de los barbaros cartagineses, tenerla como esclava sería una solución más justa, pero nadie apartaba la mirada de ti y menos aquel día triunfal. Por fin, te aproximaste y desenvainaste el arma con decisión y un sonido de esos que corta aire y respiración en dos. Acariciaste con el filo su melena y su cuello, oías el aliento entrecortado del miedo y te llenaba de rabia ver su cabeza inclinada hacia el suelo. De alguna manera te gustaba, te provocaba, te decía sin hablar: “no me llevarás de una pieza, aquí tienes mi cabeza, haz lo que debes”. Y tú la obedecerías…
Pero, sin esperarlo, de repente sentiste la presión de sus pupilas en tu figura. Ahora el tumulto se agitaba y eras tú quien enmudecía. Sus ojos te atravesaron, aunque estos no eran para ti, sino para el hombre que había aparecido a tu espalda. Mascullaba palabras como “prometida”, “rescate”, “dinero”, “liberación” pero tú ya no las entendías. De algún modo sabías que aquel cruce de miradas no fue más que un error, un obstáculo en el recorrido entre dos puntos, pero, como un equite, hiciste por chocarte contra ella para sentir que por fin existías.  
Durante esa milésima de segundo la pusiste frente a ti en todos los lugares conquistados. Ilipa, Locri, Zama y en cada uno de ellos te estaría allí esperando. En lo que duró ese instante le escondiste aquel mechón de pelo tras su oreja infinitas veces. En cada batalla el recuerdo de su cuerpo te azotaría como el rayo y sus gritos de placer se unirían a los tuyos con cada vida quitada. Y al final, cuando no quedara nadie en pie, te sentirías agotado, empapado en sudor y sangre, pero extrañamente limpio y tremendamente distante.
Tras ese pestañeo, te das asco, casi no te atreves a mirarla porque sientes que le has robado todo lo que la conforma.  En tu cabeza la sentirás violada y con una cicatriz que, por mucho que ella se esforzara en buscar, sería incapaz de encontrar…Por eso te decidiste a soltarla…”.
-Pero abuela, eso no acababa así. Cuando era pequeño solo me decías que Escipión en un gesto sorprendente liberó a la princesa íbera para que pudiera casarse con su prometido. Además, con aquella acción, consiguió no solo el respeto de sus tropas, sino también de sus enemigos. Seguro que si el abuelo estuviera aquí escuchándote te diría que qué has hecho con el final de la narración, ¿por qué la has cambiado tanto?.
-Sabes, en estas fechas pienso en lo mucho que echo de menos el puerto. El bajar por la calle agarrada de tu abuelo, pararnos a charlar o a tomar un helado y sentarnos a descansar en un banco mientras escuchamos el agua chocar contra el muelle. Pero cada día esos recuerdos se ven más borrosos, se me olvidan las calles, las palabras, los sabores e incluso las caras de la gente y el sonido del mar. Y al principio me daba rabia no encontrar aquellos detalles y después sentía pena al ver que quizás los matices se habían ido para siempre. Hasta que un día, cansada, abrí la ventana y deje que las imágenes veladas se marcharan con el viento para que vinieran otras nuevas. Con el relato pasa lo mismo. Todo el mundo ha oído la historia sobre cómo el virtuoso Escipión liberaba a la princesa, pero nadie habla de esa mujer. El general romano conquistó Cartagena ese día, sí, pero también perdió algo muy importante. Iría, la mujer de la narración, venció a Escipión sin tan siquiera mirarle y es hora de que entiendas lo que eso significa. Porque las historias son libres, se mueven y se reescriben con el tiempo y de nosotros depende cambiar el curso de la historia, para que ni ellas ni nosotros caigamos en el olvido.

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