“Hay alguien, un tipo dentro de mi que lo único que quiere es tumbarse, fumar hierba todo el día, y ver dibujos y películas antiguas. Mi vida entera es una serie de estrategias para evitar, y burlar a ese tipo”.

No hicieron falta mas de siete u ocho capítulos, o lo que es lo mismo, cuatro noches enfrente del televisor para que formara parte de nuestras vidas. Quizás tenia que ver con el momento de llegar a casa en noche cerrada, sentarnos con la bandeja de sushi entre las manos y descansar. Pero se que no, era él, su figura aparecía por mi mente con inexplicable recurrencia incluso meses después de verlo. Era esa complexión la que se te quedaba grabada, pero antes, y sin que tú lo supieras él ya te había embaucado con su aura. Era alto, fuerte, atlético, atractivo en cierto modo, con una voz grave, profunda, decidida, que llenaba los oídos. Su cara parecía un campo de batalla, reflejo de guerras sin cuartel durante más de sesenta años. Y de alguna manera, tú, que estabas delante de él y sin estarlo, formabas parte de sus conflictos y de las historias que contaba como un libro abierto, empapándote de su visión del mundo. Había pasado por quizás demasiado, y te alegrabas de verlo ahí como una representación del que lucha, del que tiene constancia y éxito tras tantos obstáculos. Era uno de esos faros que te encuentras en una noche oscura, un referente que te recordaba que pese a todo y contra todo pronostico allí estaba él. Y tú, también.


Pero el mundo hace tiempo que se derrumba, los faros se apagan, las estrellas se van y la luna te abandona. Estás a un cuchillo, a una pastilla, a un nudo del game overdentro de un juego en el que perder ya no importa, mientras escapes, con vida o sin ella.  Y me siento vacío y solo, buceando entre la repugnancia y la envidia de la ausencia, y vosotros no hacéis más que desaparecer.

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