Miro aquellos destellos en el cielo y me pregunto si se verán igual aquí que allá, si entre sus guiños nos miran y nos juzgan, lo que hicimos, lo que dejamos atrás. Me pregunto qué verán ellas, multitud de minúsculos asteroides de distintos colores que miran hacia arriba como esperando, con los brazos en alto, como rogando que alguien de arriba les acoja a su lado y les asfixie en un abrazo. Me ven cerrar los ojos y me transporto, huelo el metal caliente, el humo de diésel, mi boca paladea la brasa. Pero abro los ojos, no son ellas, soy yo el que mira. Tal vez solo sean objetos inertes que intentan pasar desapercibidos, objetos con vendas en los ojos, vacíos de miradas vacías. Aun así, siento que me nombran, por eso les doy explicaciones. Me vieron nacer y han seguido cada uno de mis pasos desde el principio. Nunca dijeron nada, pero mudas me hablan, y yo hablo, y sufro. Mi memoria en el pasado y mi pasado en mi presente, aquí, a mi izquierda y sin mirar, y mirando, como aquellas a las que les escribo. Mis tonterías, mis dudas y la rabia a mi derecha, sin motivo. También han estado conmigo desde hace años, pero ellos, a diferencia de vosotras, querría que se fueran. Ahora se arrastra como el rio por la madera y habla con mi pasado, dicen algo que no entiendo, palabras que suenan alejadas, inalcanzables, se ríen y hablan como aquel yo, el que me persigue entre estas piedras. Agua y tierra, ojalá se esfumaran los dos y me dejaran aquí con las estrellas.

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