Eres de los que se enamoran rápido aunque dudes del amor.  Sin saberlo buscarás a la más sola de todas, la que no te mirará más de una vez, la que parece evitarte, la que parece seguirte el juego. Es la de gesto serio y concentrado, la que escucha tu música favorita ¿te suena?. Sonríe detrás del móvil, dientes blancos pero no de revista, esos engañan. Tú escribirás palabras como estas mientras la vigilas de soslayo y pensarás en la siguiente línea como una excusa para ese roce distante. ¿Surte efecto todo ese esmero? Ya has estado en este punto alguna vez y sabes que la futilidad escuece más que cualquier herida en el mar. Acto seguido bajarás la mirada al cuaderno, cambiarás de canción y de repente sentirás la presión de sus pupilas en tu figura. Fuiste un error, un obstáculo en el recorrido entre dos puntos, pero como un kamikaze harás por chocarte contra ella para sentir que por fin existes.
Y una vez en el mismo suelo la despojarás de ese móvil que le hace sonreír, la pondrás frente a ti en todos los lugares, le esconderás aquel mechón de pelo tras su oreja infinitas veces y mientras te acercas a sus ojos te preguntarás que fue lo que te atrajo de ella después de tantos años. El recuerdo de sus pezones te azotará como el rayo, recordarás como te disfrazabas de director de orquesta donde cada vez que se abría el telón tus manos calculaban la densidad y la dureza de su vello púbico mientras la marea bajaba por tus dedos rítmicos. Te sentirás agotado, empapado pero extrañamente limpio y tremendamente distante.
Tras el pestañeo te darás asco, casi no te atreves a mirarla, porque le habrás robado todo lo que la conforma, en tu cabeza la sentirás violada y con una cicatriz que por mucho que ella se esfuerce en buscar será incapaz de encontrar.

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