Memorias

Genios y Locos

Lo siento, se me olvidan, se me olvidan tus gestos, tu cara, tu voz, y todos los recuerdos…

«Deja que te cuente una historia. ¿Tú sabias que yo una vez fui explorador? Si, como lo oyes, yo luchaba contra cocodrilos y contra serpientes, subía a los árboles y me lanzaba al vacío sujeto solamente por una cuerda; y desenterraba tesoros, tesoros repletos de oro y joyas preciosas». El niño, subido en su regazo le miraba incrédulo. En el difuminado mantel, aquel hombre dibujaba trazos invisibles que parecían cobrar sentido con cada palabra suya. «Me atrevía a pisar tierras que nadie jamás había pisado, a sentir el gélido viento del Norte congelar mis pulmones y a inhalar los ardientes rayos de Sol que caían sobre el desierto. Me adentré en cuevas tan profundas que mi aliento hacia retumbar las paredes que me rodeaban, y tan oscuras que ni la bruna imagen de unos ojos cerrados se mostraría aún tan sombría». Aquellos rostros que les rodeaban se reían y ponían en entredicho tan increíbles aventuras, el hombre se limitaba a encoger los hombros y a sonreír, a su vez, el niño lo miraba impasible, expectante, buscando en sus ojos una señal, un pestañeo, algo que desvaneciera de pronto aquellas diáfanas y vividas imágenes. Pero en la mirada del hombre no se atisbaba ni el más mínimo ápice de mentira o de duda, era esa clase de mirada que solo tienen los genios, aquellos maestros de la abstracción y del escapismo dispuestos a perderse en la locura de su propia genialidad, era esa clase de mirada que solo tienen los locos, capaces de ver más allá, dispuestos a encontrarse con la genialidad dentro de su propia locura. 

El niño en aquel momento no pudo saber si aquel hombre mentía o decía la verdad, pero lo supo años más tarde cuando en la jungla más abisal, en la última de sus aventuras, el genio y el loco se lanzaron al vacío sujetos, como en sus historias, solamente por una cuerda.

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