“Soy más un alumno que un profesor”, eso fue lo primero que les dije y eso es lo que soy.
Poco se sobre enseñar y no podría decir que ese sea mi sueño. Preparar clases es anodino, repetitivo, desconcertante e incluso agobiante. Y llegas a tu aula, esa que se cae a pedazos y tus ojos automáticamente se centran en esa baldosa del techo que está a punto de despegarse, y rezas en español y en ingles si hace falta para que no le caiga (o le caiga, depende del día) de lleno en la cabeza a ese alumno, a ese tal Nick o a esa tal Erin (por decir algún nombre, porque todavía no te los sabes). Has llegado diez minutos antes, incluso quince, y ya están ellos allí como esperándote, pero vuestras miradas no se cruzan, tú sacas el material y ojeas el “lesson plan” y no ves nada, ellos hacen lo mismo solo que es el teléfono lo que miran, no hay ni un murmullo ni siquiera una complicidad entre ellos, nada.  Y la clase empieza y es probable que todo lo que contenía ese “lesson plan” tan meticulosamente trazado, ese que mirabas hasta hace medio segundo ya se haya ido al traste y entonces te preguntas “para qué”. Y es que a veces estás allí escribiendo cualquier cosa en la pizarra, te ves escribiéndolo, te ves, y te vas, y tan pronto como las palabras salen de tu boca estas caen al suelo y tu voz se transforma en un suave arrullo. Y tu cara es la misma que la de ellos, la de no estar allí. Y sigues haciendo el esfuerzo, arañándole segundos al tiempo y pides voluntarios una y mil veces y al final que vas a hacer, hacerlo tú. Y un móvil entre las piernas, y unos pies sobre la silla, y otro comiendo, otra que sale, una que bosteza, otra que se ríe, uno que charla, otro que dibuja, uno que se despereza, un teléfono que suena, dos que miran por la ventana, uno lo intenta, el tres en raya, lápiz al suelo, cuatro que lo buscan, no tengo el libro, arrastro la silla, no encuentro la página… y ya por fin una que atiende y saca esa sonrisa que resulta ininterpretable… y tú, que ya has vuelto, deseas que sean veintiséis las baldosas las que caen, sobre ti incluido. Y antes de que el deseo se cumpla lo oyes, parece que hay revuelo en la clase, miras el reloj y falta un minuto para la hora y te preguntas como lo han sabido, y ya todos recogen mientras tú le hablas al vacío, a esa suerte de agujero negro invisible que se traga tus palabras y las devuelven a sus oídos tergiversadas, después de clase vendrán las preguntas, y sabes que ya lo has dicho pero lo repites porque eres un “buen profesor”. Borras la pizarra, recoges y te vas, al frío infernal. 
Y vuelves a casa solo como todos los días y los que quedan, y caminas y sigues dándole vueltas a algo que no puedes explicar. Son esas miradas, las de tus alumnos, esas que te evitan, que te temen, que te odian, que se aburren, que te respetan, que se alejan, que se avergüenzan. Rostros que sufren, que se cansan, que lo intentan, que se esfuerzan, que no entienden, que viven y que incluso a veces te sonríen. Y te acuerdas, claro que te acuerdas, no hace mucho que estabas allí y quizás sea por eso por lo que te esfuerzas, por lo que vuelves un día y otro día, para recordar que fuiste, que eres parte, un todo de esos ojos, de sus miradas y de sus rostros.

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