De los vagones colindantes la gente empezaba a salir asustada y medio dormida, gritaban y sus gritos ya no eran de júbilo sino de auténtica desesperación. Me asomé por la ventana y me asuste al ver aquella imagen: todos, hacinados en el pasillo del tren tenían el mismo patrón. Aquel gigante que había imaginado horas antes se desmembraba, ahora se empujaban los unos a los otros, no había unidad. Ahora podía distinguir un lunar, una cana, una cicatriz, una voz, un quejido, un lamento. Me senté rápidamente y nuestra puerta se abrió de golpe. Allí un hombre de piel blanca, vestido de negro y armado encendió la luz. A nosotros ni nos miró, no dábamos el perfil, se fijó, sin embargo, en el muchacho de tez morena, el que se mesaba el pelo, el del asiento 94. Había estado haciéndose el dormido durante todo este rato, seguramente pensaba en desaparecer, en ser invisible, en que el agente no se diera cuenta de su presencia, pero no hubo manera. El policía le golpeó el pie para que reaccionara y yo le miré de nuevo y por última vez a sus ojos azabache. No pude saber si era miedo u odio, indiferencia o costumbre, rabia o tristeza. Nunca vi en una mirada tanto y a la vez tan poco.

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