Mientras las imágenes se sucedían, en aquel tren se respiraba armonía y jubilo, todo dentro de un irreverente caos de billetes con números repetidos en el que nadie podía distinguir un papel de otro. Era como si los propios pasajes se quisieran mimetizar con el entorno, haciendo del “todo” un solo hombre, portando en su mano un solo billete. La alegría se mezclaba con los gritos y los apretones de manos y las risas colmaban el cansancio y la desesperación de otros pasajeros. De repente, a lo lejos se hacia el silencio con cada paso del revisor, pero tan pronto como este desaparecía comenzaba de nuevo aquel glorioso tumulto.

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